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¿Sabes el Por Qué de la Frustración?

¿Te has dado cuenta de cómo la frustración va aumentando en función de cómo se aleja lo que habías imaginado a lo que sucede realmente? Voy a explicarlo con un ejemplo para que puedas entenderlo mejor.

Expectativa: Va a ser una mañana de desconexión y tiempo para estar conmigo misma. Me levantaré tranquilamente, desayunaré tostadas y un café en la terraza mientras me recargo con la vitamina D del sol. Me acabaré el libro que me tiene totalmente enganchada. Me ducharé tranquilamente y estrenaré los vaqueros. Con la camisa blanca estaré cañón. Saldré perfumada y lista a disfrutar el día con María y Almu. Con ellas siempre es diversión asegurada.

Realidad: Me despierto una hora antes. Se me olvidó comprar pan para las tostadas y al final tengo que vestirme para bajar a comprarlo. Cuando estoy preparando el café me llama mi madre y estoy media hora al teléfono. Vuelvo a hacerme el café porque se me ha quedado frío y me dispongo a disfrutar de mi maravilloso y esperado desayuno “relax”. Mientras me como las tostadas no dejo de darle vueltas a la conversación con mi madre. Siempre se queja de cómo hago las cosas. María y Almu no dejan de Wasapear en el grupo y nos tiramos más de 20 minutos diciendo las ganas que tenemos que llegue la hora para vernos. Se me echa la hora encima y ya no puedo acabarme el libro. Tengo que ir derecha a la ducha si quiero llevar a cabo el ritual de lavarme el pelo, mascarilla y luego planchármelo. Me llama mi hermano cuando estoy a punto de entrar a la ducha. Otro cuarto de hora hablando y porque le digo que tengo que dejarle, si no ¡¡todavía estamos hablando!!

¿Qué pasa? ¿Hoy se ha puesto toda mi familia de acuerdo para llamarme? Me estoy estresando. Voy con el tiempo pegado. Ahora no podré deleitarme en la ducha si quiero pasarme la plancha en el pelo. Mi frustración va en aumento.

Me ducho más rápido de lo que quería para poder alisarme bien el pelo. Parece que todo ya va enfilado. El pelo me queda estupendo.

¡Horror! Estoy sudando como un pollo del aceleramiento que tengo. El pelo se me empieza a rizar por la parte de abajo. Me abanico e intento relajarme. Todavía tengo tiempo.

Me estreno mis vaqueros y me pongo la camisa blanca. Ufff… No queda tan bien como imaginaba. Me pruebo otra camisa de rayas. No me convence. Pruebo con una camiseta más casual… no, no me gusta. Después de intentar seis modelitos más, consigo dar con el apropiado. La frustración se ha elevado a la enésima potencia. Llego tarde. No me gusta que me esperen.

¿Cómo puede complicarse tanto algo que era tan sencillo? Disfrutar de una mañana tranquila y dedicada a mi antes de quedar con mis amigas.

Si, amigos si. Esto ocurre más de lo que creemos.

La frustración se da cuando nos creamos una serie de expectativas previas y no se cumplen.

El tema no es si eres capaz de tolerar la frustración, sino si eres capaz de ser flexible y adaptarte a las situaciones según se van dando. Yo, desde luego, no quiero arruinar mi día.

A pesar de no haber hecho lo que tenía planificado por los imprevistos que han ido surgiendo, no dejo que esto aumente mi frustración. Voy adaptándome a lo que va surgiendo, busco alternativas y salgo de casa dispuesta a disfrutar del día con mis amigas.

La mañana ha sido un poco más acelerada de lo que pensaba. He desayunado más tarde de lo que quería. He tomado el sol en la terraza menos tiempo del que me hubiera gustado. No he podido terminarme el libro. Me he duchado rápido y corriendo. Me ha llevado más tiempo encontrar que look ponerme.

Pero he hablado con mi madre y mi hermano. He disfrutado del desayuno tomando el sol. Salgo con el pelo estupendo. Llevo mis vaqueros nuevos y me gusta mucho como me quedan con la chaqueta rosa que he elegido. Estoy orgullosa de mi porque me he adaptado a la situación.

¿Eres capaz de hacer tú lo mismo ante los imprevistos? ¿Toleras bien la frustración? La buena noticia es que si no es así, puedes aprender a hacerlo. Tómatelo como un reto. Cambia la forma de enfocar atención.

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